Recuerdos de mis primeras vacaciones

Desde que era niña, cada año, en verano, iba de vacaciones al extranjero con toda la familia. O sea, con mis padres, mi hermano y mi hermana. Cuando tenía cinco años, nos fuimos, por primera vez, a la Selva Negra en Alemania. Normalmente, tomando la autopista, la distancia es de unos seiscientos cincuenta kilómetros. Sin embargo, mis padres prefirieron seguir una ruta turística a través de las montañas. Total, que tardamos dos días antes de llegar al destino.

En esa época mi padre conducía un coche no muy grande, un Fiat 500. El coche estaba llenísimo, casi hasta el techo. Lo último es ligeramente exagerado, ¡por supuesto! Pero la verdad es que encima del coche estaba la tienda y dentro estábamos dos adultos y tres niños y además, entre otras cosas, había un montón de comestibles. Las latas volaban por el coche. Hoy en día, los holandeses están acostumbrados a la cocina internacional. Por un lado, en Holanda, hay muchos restaurantes donde se degustan los platos de casi todos los países del mundo. Por otro, también en casa se prepara una paella valenciana o una pasta a la napolitana. Al contrario que antes, cuando se conocía solo la cocina tradicional del propio país.

En aquellos tiempos todo era nuevo, no solo la comida, sino también la lengua. No era tan habitual como en estos momentos estudiar un idioma extranjero. Al final del primer día de nuestro viaje de ida necesitamos un lugar donde dormir. Por lo tanto, fuimos a buscar un hotel donde fue mi madre, que mediante gestos logró hacerse entender. Seguro que es posible comunicarse de esa manera. No obstante, a mí me parece muy bien que la juventud aprenda algunas lenguas para que tenga unas posibilidades ilimitadas, tanto en la vida privada como en la vida laboral. Hoy en día, el paro entre los jóvenes sigue subiendo. Estoy convencida de que cuantos más idiomas hablen, más fácil será para ellos encontrar trabajo.

Durante el viaje de vuelta nos quedamos sin gasolina. Eso ocurrió a las tantas de la madrugada. Un transeúnte le llevó a mi padre atrás en la moto. A mi madre le puso un poco nerviosa que no volvieran pronto. Puedo imaginármela porque se quedaba sola con tres niños pequeños en una carretera oscura y abandonada. Afortunadamente, al cabo de un tiempo volvieron con un bidón lleno de gasolina y por fin pudimos dirigirnos a casa. Fueron unas vacaciones inolvidables. A pesar de algunas incomodidades, si mi madre fuera joven otra vez y si pudiera elegir, haría lo mismo, más o menos, y le encantaría.

A lo largo de los años las maneras de viajar han cambiado. En mi opinión, pensando un poco en blanco y negro, antes viajar equivalía a vivir aventuras y descubrir sitios nuevos. Mientras ahora, en primer lugar, todo es rápido y cómodo. Se coge un avión y, en general, ya no es una aventura. En segundo lugar, gracias a los medios de comunicación, muchas ciudades y muchos paisajes alrededor del mundo ya son conocidos. No cabe duda de que eso intriga a muchos, lo que hace que se visiten los lugares exóticos cada vez más. Probablemente el ser humano se irá a Marte dentro de poco, ¿no? ¡Quién sabe! Pero también en España, se puede encontrar experiencias nuevas.

Por ejemplo, un viaje muy romántico en tren. Si me tocara la lotería, embarcaría en El Transcantábrico Gran Lujo. Según Renfe, es el tren más lujoso del mundo. Además, sería un privilegio viajar en un palacio sobre ruedas. Este tren va desde San Sebastián a Santiago de Compostela, atravesando una de las regiones más hermosas de España. Quizás un día uno de mis sueños se realizará.

Karin de Bruin (Holanda)

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